jueves, 31 de diciembre de 2009

Resolución sin fecha

Este es el último post del año que escribo, no porque éste termine, sino porque tengo ganas de escribir. Así debería de funcionar la vida: actuar desde el sentir, sin justificaciones, análisis excesivos y sin esperar la expiración de un calendario. Necesitamos nuestra propia continuidad para la renovación constante.

Resulta que estamos tan sujetos a la caducidad de las cosas, que olvidamos lo que necesitamos para ser felices en este momento. Las uvas no son fruta de temporada y los calzones rojos se venden todo el año. Está bien planear, pero sólo si es para resolver los contratiempos, mejorar la mediocridad o divertirse; no para dejar de vivir.

¿Para qué detenerse haciendo balances de un año que termina sin nuestra intervención? La vida es una eterna búsqueda de un equilibrio imperfecto. Al mal tiempo, buena cara, a lo positivo, una sonrisa. Cada cosa en su sitio, los pies en el suelo y la mirada siempre con perspectiva. Lo bueno acompaña y lo malo enseña; la tristeza cura y la risa contagia.

Los propósitos para mañana y elucubraciones del ayer y hoy, no sirven más que para postergar la vida. El recuento sí funciona, pero sólo si es para no ceder ante el olvido y construir el presente.

martes, 8 de diciembre de 2009

El rescate de lo inservible.

Hoy, la computadora de mi amiga no encendió. Como todos los días, presionó el botón y esperó, pero hoy, ninguna luz se iluminó. Cruzó los dedos y volvió a intentarlo, pero la pantalla seguía en negro. Cruzó los dedos de las dos manos y cerró los ojos: nada. Cruzó los dedos con más fuerza, cerró los ojos con mayor ímpetu y pidió en voz alta que por favor funcionara, pero una vez más, nada.

El optimismo y la confianza en lo incierto nunca deben perderse.

Respiró hondo y sin ceder a la desesperación, la llevó a una tienda donde arreglan aparatos. La dejó allí sin garantía alguna y mientras la revisaban, se fue a tomar un café. Intentó ocupar la mente en algo más, pero la posibilidad de perder aquel aparato y lo que éste almacenaba, no le permitían contener la ansiedad. Había pasado cuatro años con aquella máquina y ésta guardaba todos sus secretos, parte de su pasado, imágenes importantes, e incluso, varios de sus sueños. Ahora parecía que todo eso se esfumaría sin previo aviso.

¿Se puede reconstruir un pasado? No sin el ya existente.

Dos horas más tarde, el encargado le llamó para pedirle que fuera. El diagnóstico no era positivo: la computadora había muerto y no había nada que hacer para salvarla.

¿Cómo lidiar con una despedida no anunciada? ¿Cuántas veces no damos por sentado lo que nos rodea?

La buena noticia era que si conseguía algún disco externo donde almacenarla, podría rescatar y trasladar la memoria. Pensó entonces en toda su información y la asaltó el temor de recorrer las fotografías de los últimos cuatro años (¿no era por eso que permanecían almacenadas?); luego, la nostalgia de que tanto significado no cupiera más que en cajas frías.

Claro que el luto no viene por perder un aparato; todos sabemos que lo material no importa, o por lo menos pocos se atreven a confesar lo contrario, pero la idea de perder el pasado y presente que ahora sólo en esos aparatos depositamos, sugiere un grande vacío.

¿Será que ya sólo somos capaces de intimar con lo material?

Dejó la computadora en aquella tienda y emprendió la búsqueda de un disco externo. Resulta, sin embargo, que la memoria era demasiado grande y difícilmente podría encontrar uno que le sirviera. Pensó entonces en la posibilidad de desechar ciertas cosas, de borrar algunos recuerdos: las malas vivencias; aquellas decisiones que por tomar o dejar pasar, generan culpa o remordimiento; las canciones que reviven los malos ratos; aquellos pensamientos que no se sabe cómo expulsar; aquellas cartas inconclusas que ya no podrán ser enviadas. Resulta que no supo elegir, porque eliminar lo aparentemente malo no es cosa fácil. Resulta que no siempre se puede, porque lo malo puede convertirse fácilmente en un motor para seguir caminando. Ante tal disyuntiva, pensó que el miedo, la culpa y el dolor también construyen risas y sueños; la existencia, el futuro.

La cuestión es que a veces necesitamos que las cosas viejas se rompan, y aunque no fue su caso, a veces necesitamos romperlas nosotros.

Mi amiga no ha resuelto el problema, pero ya ha dejado de preocuparle. La angustia y tristeza se han transformado en alivio y serenidad: la computadora vieja sigue sin encender, pero ya no amenazará con volverse inservible. La memoria, aunque de momento no pueda ser trasladada, no ha desaparecido.

Se me ocurre que si cruzamos los dedos con un cierto optimismo y mucha confianza, la memoria, bien utilizada, puede llegar a sostenernos.

jueves, 26 de noviembre de 2009

Pronto

Hoy pensaba en lo frustrante que resulta, para uno mismo, dejar las cosas en intenciones. Este pensamiento se alargó y medité en cómo solemos dividir el tiempo en grandes bloques a la hora de tomar decisiones: por estaciones, por periodos vacacionales, por celebraciones, por momentos que prometen ser claves; como si todo lo que sucediera en el inter fuera un tiempo muerto.

La vida es divertida y encaja hasta en los más nimios detalles.

Una amiga me acaba de contar una historia que no sólo me ha hecho reír, pero que ha iluminado mis cavilaciones. Resulta que ha salido muchas veces con un chico. Han ido al cine, a comer, a cenar, a pasear; conocen sus respectivas casas y en una ocasión, ella incluso conoció a los padres de él en una boda a la que fueron juntos. A él parece gustarle mi amiga aunque no le ha manifestado si sólo quiere ser su amigo o si está interesado en algo más. Por lo menos sabemos que disfruta de su compañía pues le llama, le propone planes, le manda mensajes sugerentes, la abraza y la toma de la mano. Pero eso sí, nunca le ha dado un beso.

Esto ha provocado que durante todo este tiempo tanto ella como sus amigas (incluyéndome) formulen divertidas historias sobre por qué el chico en cuestión no se acerca más y le da un beso.

Resulta que la última vez que salieron, ella, un tanto descolocada por la extraña situación, decidió que le haría ver que estaba interesada (por si acaso él dudaba y bajo esa duda, no se animaba). Fueron a casa de él, se sentaron en el sillón y hablaron durante horas. Ella le coqueteaba y probablemente pensaba que era tan solo cuestión de segundos para que llegara tan esperado momento. Pero el beso nunca llegó.

Al terminar lo que pareció ser una velada romántica, él la llevó a su casa y se despidió, como siempre, con un abrazo. Minutos después le mandó el siguiente mensaje: “Que descanses. Te mando besos de buenas noches”. Ella, auténtica como suele ser, contestó: “Sí, me debes uno de esos”.

La historia no termina allí, porque a ese mensaje, él contestó otro: “Pronto”.

¿Pronto? ¿Cómo que pronto? ¿Cuándo es pronto? ¿Pronto?

Las teorías sobre el chico no han cesado y han surgido nuevas; y ahora, por tan sólo un “pronto”, han comenzado también los estúpidos, pero a veces inevitables, análisis sobre quién tiene el poder dentro de la relación.

Claro que de momento el beso no es lo más importante, pero si todo lo demás funciona –cosa no fácil entre dos personas–, ¿por qué no celebrarlo con uno?

Decir “pronto” es dejar las cosas en intenciones. Es lo equivalente a decir “cuando llegue el verano”, “cuando empiece el frío”, “cuando tenga menos trabajo” o “cuando tenga más tiempo”.

Pero yo me pregunto, ¿y si para el verano mi amiga ya se enamoró de otro? o ¿si el calentamiento global ya no nos permite distinguir entre primavera e invierno?

El tiempo se vive, los momentos se construyen y los besos se dan.

miércoles, 18 de noviembre de 2009

Realidad(es) entre comillas.

¿Cuántas realidades hay por minuto?

¿Cuántas variaciones hay en un minuto de realidad mía?

Llevo un par de semanas cuestionándome cuál será mi realidad. No es malo, sino tan sólo extraño y definitivamente cansado. A veces cuesta mantenerse al margen de los propios pensamientos. Cuando uno alterna espacios tan rápido y habla con gente con intereses distintos, termina por no ver con claridad su propio origen; éste se hace cada vez más difuso, casi irreconocible.

El presente impera.

En ocasiones, sin embargo, el piso no tiene el grado de solidez que nos gustaría, parece incluso estar hecho de concreto inverosímil. Es entonces cuando buscamos regresar a ese punto de partida que ya no recordamos o correr para alcanzar alguno que aún no conocemos.

Sucede que alternar escenarios no es cosa fácil; este hecho, muchas veces cotidiano, que parece innecesario de considerar, nos obliga a cambiar de registro constantemente y la mente descansa poco.

Uno se sobresatura.

A veces temo pisar suelos tan extraños que no me permitan saber cuáles son las realidades que de verdad quiero habitar (si de algo estoy segura es que son más de una). A ratos, quizás por falta de horas, de sueño o de un cierto valor, temo perder mi propio registro; temo más reconocerlo y no saber –querer– cómo rescatarlo.

Lo extraño es que, aunque no lo sepamos, sólo en esos instantes de cambio podemos recuperar nuestro propio aire.

Todas las realidades confluyen…

…es por eso que en días como hoy todo se ve tan claro; porque sólo desde el no pensamiento puedo desvariar en este espacio no real y vivir la –mi– realidad: Nuria.

jueves, 5 de noviembre de 2009

Título sin palabras.

¿Por qué negarlo? La ausencia de palabras (incluyendo la de las mías) me asusta, igual que me asusta el exceso, supongo. Lo difícil, como siempre y como en todo, es encontrar el equilibrio entre lo que uno dice y no dice. Pero esta entrada, por suerte y porque nunca terminaría, no está dirigida a lo que yo digo o callo (sin mencionar los gritos que hay en mi cabeza y de los cuales ahora huyo riendo).

Ayer vi a una amiga que llevaba meses sin ver. Una amiga de pocas palabras con la que conviví mucho tiempo, pero que en realidad conozco poco. Siempre fue enfática en que no le gustaba hablar de su vida personal, pero parecía estar constantemente preocupada por algo irremediable.

Mientras caminaba al lugar de encuentro, sin mayores expectativas que las de pasar un rato agradable, empecé a contemplar al tiempo. Caminaba casi por inercia porque cargaba mucho sueño –y sueños– acumulado. De pronto me di cuenta de que estaba aturdida por el ruido de las hojas secas que truenan cuando uno las pisa (cosa que siempre me ha sucedido) y recordé que era otoño y que el invierno estaba realmente cerca. Hace muy poco era verano, pero desde entonces algo ha cambiado: un cierto aire de incertidumbre por un lado y algo de seguridad por el otro.

Desde que vi a mi amiga a lo lejos sentí una familiaridad increíble que me sugirió que la conocía mucho más de lo que yo pensaba; porque hablar o no del pasado nada tiene que ver con la manera en la que sentimos el presente.

Hablamos sobre el presente en el que esperamos que se resuelva el futuro incierto, que curiosamente ya no –por fin– nos angustia en demasía. Después de un largo café en el centro de la ciudad y con un viento que hacía que nuestros suéteres volaran, le dije que me daba mucho gusto verla, pero sobre todo, que me daba gusto verla tan bien. Aunque no sé si lo logré, quise decírselo con un tono que reflejara que mi comentario era honesto (esta vez se veía poco preocupada a pesar de tener más motivos para estarlo). Ella, con una sonrisa que hace tiempo no veía en alguien, me dijo: “¿De verdad? ¿Sabes qué pasa, Nuria? Es que tengo muchas ganas de vivir”.

Tal vez no se trate de pensar en aquello que decimos, pero sí en aquello que sentimos.

Me despedí de ella sonriendo y convencida de lo siguiente: me maravilla el cansancio [de palabras] que te hace pensar en lo verdaderamente importante; me apasiona el presente.

sábado, 10 de octubre de 2009

Angustia benigna

Existe solamente un tipo de angustia que no me asusta. Hoy, esa angustia ha regresado a mí.

Se trata de una sensación que me mantiene despierta y dispara mis inseguridades; una sensación que me convierte en un ser aparentemente disperso y me lleva a dimensiones nuevas e inquietantes. Cuando llega, mi cabeza se mueve a ritmos que no puedo –ni intento– controlar, a velocidades que oscilan entre la rapidez inoperante y el menester de satisfacer mi ambición.

Esta angustia, como cualquier otra, me roba pedazos de tranquilidad. Este malestar, sin embargo, también me ayuda a entender aspectos humanos y conductas de la vida cotidiana –de mi vida no cotidiana– que ninguna otra me ha sabido aclarar. Me obliga a cuestionar mis aptitudes y a confrontar mis aspiraciones más grandes.

Se trata, por supuesto, de la necesidad de escribir.

martes, 22 de septiembre de 2009

Primeras palabras de Otoño.

Últimamente, algunos de mis textos se quedan a medias, la mayoría se queda en mi cabeza.

Aclaro que no es un bloqueo creativo aunque los síntomas parezcan ser los mismos. La verdad es que me sobran opiniones con respecto a los festejos para celebrar la independencia y sobre las atrocidades que suceden en los metros; lo que me falta es energía para desahogarlas. También conservo los ojos y las manos que quieren hablar sobre las bibliotecas vacías de madrugada, los poemas fallidos que escribí para despedir al verano, y sobre la manera en la que, bajo un cielo que cambiaba de verde a rojo, le di la bienvenida al otoño.

Parece que últimamente me resumo en papeles que no existen, en frases incompletas y en discursos que se contradicen. Tal vez por el cambio de estación y el comportamiento extraño del clima, es que me cuestiono si tan solo soy el conjunto de ideas que mi creatividad y disciplina no logran aterrizar.

Siento que estoy en el aire y no vuelo. El cuerpo me duele y no me siento más viva. Mis músculos se quejan y mi estómago, como siempre, ha resentido el futuro indeciso. Siento incluso que mi pluma me ha dejado de pertenecer…

…tengo miedo, pero no lo digo; estoy incierta, pero no lo comparto; quiero escribir, pero me siento observada por la escritura fallida de mis textos pretéritos.

Como aún no me puedo adueñar de un camino más preciso por ese cielo rojizo, he emprendido caminatas prolongadas que me han hecho partícipe de este cambio estacional. Como consecuencia de esas cavilaciones, ahora uso las palabras para dejar ir sin nostalgia la lucidez del verano y sentir nuevos colores con fuerzas verdaderas, no las que finjo, no las que cubren todo aquello que callo.

Ahora construyo mis vaivenes por escrito y ya es otoño; yo sigo en el aire y aún no vuelo, pero tal vez mañana que no sienta escalofríos sí lo haga. Tal vez cuando empiecen a caer las hojas de los árboles, la incertidumbre deje de atarme a la nada y entonces mis palabras -yo- fluyan de nuevo.

martes, 1 de septiembre de 2009

Despedida.

Es oficial: he terminado mi primera novela.

Me siento en el aire –no ajena–, sin algo que en este preciso instante me ate a mí misma. Tengo las manos vacías y el corazón bien lleno. No se trata propiamente de un agujero, a pesar de que así lo describa, sino de la despedida de un fragmento de mi pasado, de un proyecto en el que he puesto un esfuerzo razonable y mucho tiempo. El tiempo cuidadoso y paciente es lo más valioso que se puede depositar en un sueño.

Sé que llegará un futuro y mientras tanto intento –intento– disfrutar del tiempo muerto –presente– que me acompaña con un par de lágrimas en los ojos; las lágrimas de una despedida a la que sin saberlo, me estaba aferrando.

Es extraño cómo pensaba que no tendría la serenidad suficiente para dejar ir la escritura de un año, de una novela, o simplemente, las fuerzas para escribir ahora al respecto. Sin embargo, solamente cuando escribo sobre ello logro revivir y entender el por qué no puedo dejar mi pluma.

Tal vez aún pueda hacerle un par de cambios inmediatos: me sobra energía y no tengo dónde colocarla. Dejaré de aferrarme, ya está terminada.

De cualquier manera, aunque pudiera agregarle párrafos, ya no hay vuelta atrás; porque si la hubiera, no me sentiría con esta necesidad de no terminar nunca esta especie de despedida. Nunca he conseguido entender el fenómeno de las despedidas.

A pesar de que quisiera meterle cambios urgentes, ahora me he servido una copa de vino para ver un poco borroso y convencerme de que merezco festejar, relajarme.

Quiero descansar, pero no soy capaz de instalarme en la nada. El presente avanza a su debido tiempo, a ritmos precisos, a ritmos incomprensibles.

No obstante mi incertidumbre, mi espera, mis lágrimas y mi luto –¿murió o comenzó a existir?–, terminar mi novela se está convirtiendo en uno de los momentos prolongados más maravilloso que he vivido.

Celebro el temor que en este momento se ha apoderado de mí.

¿Cómo es posible sentir tanto? Me repito.

martes, 25 de agosto de 2009

26 años.

Me siento obligada, ante tanta felicidad, de escribir aquí hoy. El día aún no termina y ya han pasado cosas maravillosas: una confrontación conmigo misma que nada tiene que ver con la vejez prematura, la fortuna de compartir este martes con la gente que más quiero, y la suerte de poder extrañar a otros que a pesar de la distancia, están aquí conmigo.

Como no quiero escribir una entrada estúpidamente optimista, me limitaré a manifestar que el clima de hoy me parece genial, pues no necesito cargar un suéter ni tampoco esconderme del sol. Que las nuevas arrugas me hacen sentir afortunada, pues significa que llevo veinticinco años sonriendo y algunas horas de llanto que anuncian epifanías. Que los kilos que hace doce meses no tenía, no son más que el fruto de las ansias con las que vivo el presente. Que mi novela no encuentra título. Que el regalo que recibí para mi cumpleaños número veintiséis es demasiado bueno para traducirse en palabras. Que mi teléfono no ha parado de sonar y que lo he disfrutado enormemente.

En conclusión: que con el tiempo me hago más joven y que soy más feliz, que vivo en la realidad absoluta y que soy una optimista –no idealista– perdida.

jueves, 6 de agosto de 2009

Apuntes silenciosos, con música.

Hace tiempo que no escribo aquí, lo que siempre me pasa cuando abro este espacio. En ocasiones, escribir –públicamente–, resulta difícil cuando no es para decir algo en concreto –en apariencia–.

Estoy entre dos mundos, en lo mejor de ellos. Los reencuentros: el reencuentro con uno mismo, con las referencias pretéritas y con las nuevas amistades que ayudan a identificarse, a redescubrirse, a definirse.

Extraño el presente.

Es cierto lo que dicen: la vida da muchas vueltas y todo regresa; todo se va; uno avanza y luego regresa, pero nunca deja de estar; por suerte, yo no he dejado de estar.

Mi tierra me llamó en sueños y ahora estoy en ella, dentro de ella. La vivo y muero con ella: ¡qué gran sensación! Quiero bailar al ritmo de su música, la que nadie parece escuchar; quiero bailar, igual que cuando escribo en mi cabeza, sin música.

Cenas, comidas y lunas llenas. Amigos, copas de vino y risas que vuelan encima, se burlan de mí, me llaman; risas de las que no soy partícipe, risas nuevas. Nuevas sonrisas, nuevas arrugas. La escritura se cuela entre todas ellas y la tierra jala mis pies –no mis zapatos–. Ambas [la tierra y la escritura] me llaman para decirme que no hace falta reinventarme, que basta con redescubrirme, con recordar; basta ser, basta con volver.

Hace tiempo que no tengo miedo [de volver]; la palabra, como todo y como el tiempo, se matiza hasta difuminarse, desvanecerse. Sé que ella también volverá, no sé bajo qué forma ni cuándo lo haga, pero no me importa; ahora tengo mi memoria, mis ojos, mi música y mi escritura; tengo mi tierra, la que baila conmigo.

miércoles, 1 de julio de 2009

Dime por qué el cielo es verde.

Cuéntame por qué
ella está sola y yo también lo estoy.
Dame una razón por la que el cielo sea verde.
Explícame por qué tú estás con él
y yo estoy sola –sin ella–, sentada en el borde de la fuente.
El viento refresca el sudor de mi nuca
mientras espero.
Espero.
Escucho el agua caer detrás de mí y
siento el calor en la piel.
Las gotas no me alcanzan y
ya no recuerdo qué día es hoy;
sólo sé que tú estás con él y ella, y
yo, no.

viernes, 17 de abril de 2009

...nadie.

Construyo espacios e intento que nadie entre en ellos.
Vivo en un mundo aislado, que sólo yo puedo habitar.
A veces -siempre-, salgo de él e imagino que todos -nadie- me espían, me observan.
Vivo en un mundo imaginario en el que todos me observan.
A veces tú me miras; pero tú, te llamas nadie.
Cierro los ojos e imagino que todos han desaparecido.
Los abro y siguen allí, pero no veo a nadie.
Siempre es igual: no veo a nadie, nadie me mira.
Te llamas nadie.
Construyo espacios aislados, pero por más que lo intente -y evite-,
nadie entra en ellos.

jueves, 9 de abril de 2009

Crónica de un robo mágico.

Sucedió durante la madrugada de un lunes. La única luz real venía de la luna, que no era llena ni estaba cerca de serlo. Fue mientras pasaba por el número 74 de la avenida más famosa, lo recuerdo porque era un número insignificante; a veces esas son las cosas que más recordamos, y con ellas llenamos nuestras vidas de simbolismos. Sucedió dos segundos después –no exagero– de pensar en voz alta que era afortunada por poder caminar con ese clima, en esa –esta– ciudad, rodeada de una gran arquitectura y sin peligro alguno. El aire fresco y la ventaja de sentirme siempre tan privilegiada.

Pasó una motocicleta y me arrancó mi bolsa de la mano, con la misma convicción de un pelicano que se lanza de picada al mar para sorprender a su presa. Mi primera reacción fue gritar, pero no tardé mucho en empezar a reír; esa fue la verdadera sorpresa. Me reí tanto que en la comisaría donde fui a hacer la denuncia me regañaron; comprobé que el sentido del humor nunca nadie me lo robará. Sin embargo, a penas ahora me he detenido, después de varios días, a respirar profundo para meditar y digerir –palabra tan exacta– lo que aparentemente me robaron.

Mientras le daba mis datos a la policía me quité los zapatos; necesitaba sentir el piso y que aquello era real; necesitaba dejar mis huellas en ese momento para comenzar un ciclo nuevo.

La bolsa la compré en el viaje en el que decidí ser escritora. Como todo en la vida, la bolsa desapareció una vez cumplida su función. Ahora que ya me siento escritora de verdad, no necesito objetos que me recuerden lo que ya sé, lo que siento, lo que quiero, lo que soy.

Adentro llevaba una libreta en blanco, nueva, esperando que alguna idea fuera lo suficientemente buena como para estrenarla. En el fondo sabía –y ahora lo confirmo– que no hay ideas tan buenas como para no escribirlas; lo importante es escribir, lo importante es despertar y no dejar de vivir.

Llevaba también un bote de maquillaje, el cual tenía desde hace tres años y seguía prácticamente igual de lleno: no suelo maquillarme, la transformación artificial me da mucho miedo. Las arrugas de los ojos que me han salido [por sonreír] las he asumido como parte de un manifiesto de felicidad y autenticidad.

Llevo días sin teléfono y me siento liberada; aprovecho para probar mi capacidad de entender el mundo tal como era –es–. Intento conectarme con él y conmigo de una manera más profunda; trascender la trivialidad.

Mi agenda: me quitaron –por suerte– el vicio y lo absurdo de pensar que uno controla el tiempo, y con ello, lo que uno siente; eso que sentimos es lo único que realmente prolonga –o acorta– los días, las horas, la vida. Me regalaron un susto; uno que me hizo alargar ese –mi– tiempo incontrolable. Sonreí un rato y luego me reí otra vez al ver que podía levantar los brazos sin algo que me estorbara… y entonces me puse a bailar [en silencio]. Recordé que soy libre y que no me da miedo dejar de controlar mi risa o mis pies.

Después de hacer el inventario, me di cuenta de que ninguna pérdida había sido realmente importante, y entonces se me ocurrió reflexionar sobre lo que había ocurrido.

Recordé mi [otra] ciudad en la que nací y crecí; una ciudad peligrosa, pero en la cual nunca me han robado ni mi libertad ni la lucha por lo que quiero. Al parecer soy la única o de las pocas que todavía piensan así –la suerte, otra vez, de sentirse todo el tiempo afortunado–. La verdad es que mi país siempre ha sabido respetar mis ciclos, mis pensamientos y mis deseos. Mi cuidad me ha facilitado la búsqueda de mi congruencia más absoluta; las cosas son claras, pero no las vemos. Los contrastes son formativos y la diversidad es maravillosa. En la vida todos robamos, nuestra historia está llena de arrebatos y estafas, pero somos incongruentes y fingimos ser siempre las víctimas. Cuando no lo hacemos, aceptamos el discurso del que tiene miedo y asumimos que somos incapaces de hacer algo al respecto. Es cierto que algunas cosas nos superan y nos volvemos impotentes, pero también es cierto que no nos gusta ser demasiado honestos; la honestidad implica ser responsables. Somos incongruentes al permitir que nos roben sólo para podernos quejar. Somos igual de incongruentes al no permitir que nos roben lo que en realidad nosotros mismos deberíamos tirar.

Lo cierto es que nos pueden robar en las calles de cualquier ciudad: el acto es el mismo, lo que cambia es el fondo y el discurso que adoptamos. Pero el robo más grave no es ese, sino el que nos hacemos a nosotros mismos al dejar de reír, actuar o caminar. Lo ideal sería que con o sin robo, elimináramos los discursos y nos quitáramos los zapatos para formar nuevos caminos, nuevas historias.

Llegué a mi casa con una energía y ansiedad extrañas. Tenía un poco de miedo, pero me acosté en el sillón y me puse a mirar a través de la ventana. Cayeron muchos rayos y empezó a llover. Fue una noche realmente mágica, y hubo magia porque fue honesta, sincera. Fue una noche en la que lo [único] verdadero fue el conjunto de todas esas ideas que derivan de la prolongación del tiempo, y que como no he escrito, nadie me ha robado.

martes, 24 de marzo de 2009

Avances de un silencio sin publicar.

Le pasa seguido que quiere alargar el tiempo y después congelarlo.

Se quiere multiplicar. Ha conseguido vivir otras vidas –sin robarlas–.

Ha conseguido que su conciencia llegue a lo más profundo [sin recordar constantemente].

Recuerda, no constantemente, pero recuerda. Sonríe.

No ha olvidado. ¿La memoria? El presente.

Ha viajado a [dos –¿o fueron tres?–] destinos ajenos y ha conseguido regresar

(tal vez nunca se fue; tal vez solamente se escondió).

¿Son ajenos?

Más fuerte; igual. Con [más] profundidad. Más sensible; igual.

Más autentica –no real–, como las vidas que no ha robado.

Ahora no quiere hablar, sólo reflexionar... Le preguntan, pero quiere callar

… y sonríe mientas calla; y escribe mientras ríe.

Quiere apurarse; ir más rápido y al mismo tiempo respirar profundo, hondo, lento.

Quiere digerir lo observado, lo [no] vivido.

Controlar el momento; ese sentir; eso que calla.

miércoles, 28 de enero de 2009

Caminar


Hoy, como todos los días, saldré a caminar. La preparación es sencilla, la actividad aún más. Me pongo unos zapatos cómodos y me abrigo según el clima. Me gusta ir sin rumbo fijo, pero no al azar. El recorrido lo descubro sobre la marcha y el paso lo marca mi estado de ánimo.

Por ejemplo, cuando estoy emocionada, el paso es rápido, firme y contundente. Pero cuando estoy triste, suelo caminar con la cabeza agachada y la espalda encorvada. Las reflexiones que surgen de cada paseo dependen, generalmente, de la velocidad de mis pasos, y como es natural, del paisaje.

Caminar es el medio de transporte más seguro y sirve para muchas cosas, por no decir para casi todo. Es terapéutico, divertido y formativo. Ayuda a mejorar la postura, a quemar grasa y como proceso digestivo; ayuda a pensar y sobre todo, nos obliga a observar. No hay mejor herramienta para conocer una ciudad que callejear por ella.

A veces, con la única intención de sorprenderme a mí misma, hago el mismo recorrido que el del día anterior. Me gusta pasar por un mismo lugar y descubrir algo nuevo: una tienda, un letrero, un árbol o un bar. Nunca me detengo, nunca entro, sólo observo.

Cuando tengo miedo camino, y lo hago, como una excepción, hacia mi lugar seguro.

La intención puede ser solamente dar un paseo o hacer ejercicio; a mí, además, me calma la ansiedad. Caminar es como escribir: te permite multiplicarte.

He descubierto que caminando se aprende mucho: de moda, de arquitectura y sobre todo, de cortes de pelo.

Aunque hay días que mis piernas pesan más, nunca dejan de avanzar. Hay ocasiones en las que siento que floto y que el movimiento ya no es mío, sino de una inercia más fuerte que el pavimento que piso; y sin darme cuenta, dejo de pensar, me asombro de la capacidad de mi cuerpo, todo desaparece y solo quedan mis huellas.

Igual que la literatura, los paseos son intensos y te absorben: en más de una ocasión han estado a punto de atropellarme: escucho la bocina de un coche o el grito de otro paseante y me detengo abruptamente. Mi corazón late deprisa y siento escalofríos en el cuerpo: paso mis manos por mis muslos y miro mis pies: inmóviles. Estoy bien, estoy viva; sonrío y sigo caminando.

No voy a mentirles, a veces me da pereza moverme y bajo el pretexto más banal, tomo el metro. En cuanto me subo me arrepiento, sí, es cierto que podré leer, pero no administrar mi tiempo.

Esto no lo he dicho pero yo escribo mientras camino: cada paso es una palabra que se suma a mi colección de poemarios, sin sentido, sin orden. Sin darme cuenta, ficcionalizo y narro para mí misma, lo que voy mirando; una actividad que me convierte en un ser invisible, capaz de verlo todo pero sin ser juzgado por ello, ni siquiera por mí misma.

Caminar me despierta, provoca mi inspiración: ya son varias las veces que termino escribiendo recargada sobre un árbol –me da miedo olvidar las ideas–. Sin embargo, los espacios verdes se han reducido y no siempre las puedo apuntar: así he descubierto que la literatura, como todo en la vida, también puede ser efímera.

Normalmente camino sola, aunque confieso que a veces, me gustaría hacerlo con alguien.

Caminar es un privilegio; sirve para ir hacia adelante y también para regresar. Igual que la escritura, sirve para ejercer la memoria.

Camino para dejar atrás mis angustias, para disfrutar del paisaje, para mover el cuerpo, para limpiar mis culpas y alcanzar el olvido. En fin, camino por diversas y múltiples razones: para despejarme y seguir la búsqueda de algo que no conozco; pero lo hago, sobre todo, para sentirme normal, la misma razón por la cual ya no puedo parar.

martes, 20 de enero de 2009

Efervescencia por las palabras 2

En relación con mi última entrada, comparto el siguiente fragmento de Del cuento breve y sus alrededores de Julio Cortázar:

“Hay la masa que es el cuento (¿pero qué es el cuento? No lo sé y lo sé, todo está visto por algo mío que no es mi conciencia pero que vale más que ella en esa hora fuera del tiempo y la razón), hay la angustia y la ansiedad y la maravilla, porque también las sensaciones y los sentimientos se contradicen en esos momentos, escribir [un cuento] así es simultáneamente terrible y maravilloso, hay una desesperación exaltante, una exaltación desesperada; es ahora o nunca, y el temor de que pueda ser nunca exacerba el ahora, lo vuelve máquina de escribir corriendo a todo teclado, olvido de la circunstancia, abolición de lo circundante.”

sábado, 17 de enero de 2009

Efervescencia por las palabras 1

Está, así se siente, en un estado efervescente; en medio de una búsqueda exagerada de algo que no es otra cosa que palabras. La efervescencia: un estado extraño para la literatura, no el idóneo, diría él, pero el más exquisito. Los dedos de sus manos caen sobre el teclado con fuerza –tal vez no con la precisión suficiente, pero sí de manera firme–; la pluma avanza rápido y deja a su paso una caligrafía, que si bien no es demasiado artística, deja ver rastros de la pasión que impregna la tinta.

La búsqueda: el impulso más básico; el mejor si se sabe aprovechar. ¿Qué palabras? Las que quieren ser transmitidas y aquellas que aún no conoce. Es, así se siente, una mezcla entre citas y libros, e ideas y conceptos, que espera, una vez terminada la agitación, aterrizar y después matizar. A través de la búsqueda surge el reencuentro (encuentro en algunos casos): con los autores de los que aprende, las palabras leídas, los textos que ha escrito; con su propia escritura.

martes, 6 de enero de 2009

El tintero

Hoy terminan, oficialmente, las vacaciones. Miro la última entrada que escribí (“Descubrimiento”), antes de que éstas empezaran; mañana hace un mes. Treinta días son muchos, o poco tiempo para tantos eventos [o descubrimientos], según quiera verse: la llegada del invierno, un cambio de año, subida de un par de kilos, la resolución de bajarlos; reuniones cercanas y cariñosas con familia lejana –sólo en teoría–, llamadas de larga distancia con la familia más inmediata, intercambio de correos extensos con amigos a los que sin duda extraño. En estas vacaciones también viajé a dos ciudades distintas y recibí un [varios] regalo[s] estupendo[s]: un tintero con su pluma.

Durante este tiempo he escrito mucho, o poco, depende del punto de vista –¿cómo medir cuestiones literarias?–: he escrito en privado y sobre todo, he logrado fijar palabras e ideas en lugares de mi cuerpo que no recordaba que existían.

Hace un mes descubrí una nueva perspectiva de la ciudad en la que vivo; en este mes descubrí una perspectiva distinta de mí. Es de noche; me he vuelto a sentar para escribir de la manera en la que –pienso– todo escritor debe hacerlo: con pasión pero como un oficio. He colocado el tintero en la esquina derecha de mi escritorio para poderlo ver en todo momento y recordar lo que me vino a la mente cuando me lo regalaron: ideas para hacer [mi] literatura en este año que mañana, de manera no oficial, empieza.

La mirada del tiempo hacia adelante ofrece un panorama lleno de posibilidad, por eso los años nuevos sugieren oportunidades para volver a empezar. El tiempo mirado hacia atrás ofrece cosas aún mejores, solamente que esas, por alguna extraña razón –miedo–, preferimos no utilizarlas. Miro este mes al revés: regalos, comida y encuentros entre familia y amigos (que suelen convertirse también en familia). Miro de manera más profunda: somos tontos –muy tontos–; destruimos al mundo con fundentalismos y guerras –nótese lo superficial para eventos tan dramáticos–. Miro de manera optimista: difícil pero vale la pena intentarlo: una nueva oportunidad para ser y sentir. Miro más lejos: lágrimas que pasaron de tristeza a emociones indescriptibles; amigos nuevos, calles por caminar, un tintero que promete derrochar la mejor literatura, múltiples propósitos, energía imparable… y finalmente ya es hoy, y ya es mañana; y soy yo, la de ayer, la de mucho antes, la que ya no conocía, pero con nuevas reflexiones.

Treinta días de no escribir en este espacio; treinta días que se han traducido en una serie de eventos y ánimos [afortunados]. Tal vez todos ellos puedan hilarse, como la evolución del tiempo, mediante el uso de la escritura que nazca del tintero.