miércoles, 18 de noviembre de 2009

Realidad(es) entre comillas.

¿Cuántas realidades hay por minuto?

¿Cuántas variaciones hay en un minuto de realidad mía?

Llevo un par de semanas cuestionándome cuál será mi realidad. No es malo, sino tan sólo extraño y definitivamente cansado. A veces cuesta mantenerse al margen de los propios pensamientos. Cuando uno alterna espacios tan rápido y habla con gente con intereses distintos, termina por no ver con claridad su propio origen; éste se hace cada vez más difuso, casi irreconocible.

El presente impera.

En ocasiones, sin embargo, el piso no tiene el grado de solidez que nos gustaría, parece incluso estar hecho de concreto inverosímil. Es entonces cuando buscamos regresar a ese punto de partida que ya no recordamos o correr para alcanzar alguno que aún no conocemos.

Sucede que alternar escenarios no es cosa fácil; este hecho, muchas veces cotidiano, que parece innecesario de considerar, nos obliga a cambiar de registro constantemente y la mente descansa poco.

Uno se sobresatura.

A veces temo pisar suelos tan extraños que no me permitan saber cuáles son las realidades que de verdad quiero habitar (si de algo estoy segura es que son más de una). A ratos, quizás por falta de horas, de sueño o de un cierto valor, temo perder mi propio registro; temo más reconocerlo y no saber –querer– cómo rescatarlo.

Lo extraño es que, aunque no lo sepamos, sólo en esos instantes de cambio podemos recuperar nuestro propio aire.

Todas las realidades confluyen…

…es por eso que en días como hoy todo se ve tan claro; porque sólo desde el no pensamiento puedo desvariar en este espacio no real y vivir la –mi– realidad: Nuria.

jueves, 5 de noviembre de 2009

Título sin palabras.

¿Por qué negarlo? La ausencia de palabras (incluyendo la de las mías) me asusta, igual que me asusta el exceso, supongo. Lo difícil, como siempre y como en todo, es encontrar el equilibrio entre lo que uno dice y no dice. Pero esta entrada, por suerte y porque nunca terminaría, no está dirigida a lo que yo digo o callo (sin mencionar los gritos que hay en mi cabeza y de los cuales ahora huyo riendo).

Ayer vi a una amiga que llevaba meses sin ver. Una amiga de pocas palabras con la que conviví mucho tiempo, pero que en realidad conozco poco. Siempre fue enfática en que no le gustaba hablar de su vida personal, pero parecía estar constantemente preocupada por algo irremediable.

Mientras caminaba al lugar de encuentro, sin mayores expectativas que las de pasar un rato agradable, empecé a contemplar al tiempo. Caminaba casi por inercia porque cargaba mucho sueño –y sueños– acumulado. De pronto me di cuenta de que estaba aturdida por el ruido de las hojas secas que truenan cuando uno las pisa (cosa que siempre me ha sucedido) y recordé que era otoño y que el invierno estaba realmente cerca. Hace muy poco era verano, pero desde entonces algo ha cambiado: un cierto aire de incertidumbre por un lado y algo de seguridad por el otro.

Desde que vi a mi amiga a lo lejos sentí una familiaridad increíble que me sugirió que la conocía mucho más de lo que yo pensaba; porque hablar o no del pasado nada tiene que ver con la manera en la que sentimos el presente.

Hablamos sobre el presente en el que esperamos que se resuelva el futuro incierto, que curiosamente ya no –por fin– nos angustia en demasía. Después de un largo café en el centro de la ciudad y con un viento que hacía que nuestros suéteres volaran, le dije que me daba mucho gusto verla, pero sobre todo, que me daba gusto verla tan bien. Aunque no sé si lo logré, quise decírselo con un tono que reflejara que mi comentario era honesto (esta vez se veía poco preocupada a pesar de tener más motivos para estarlo). Ella, con una sonrisa que hace tiempo no veía en alguien, me dijo: “¿De verdad? ¿Sabes qué pasa, Nuria? Es que tengo muchas ganas de vivir”.

Tal vez no se trate de pensar en aquello que decimos, pero sí en aquello que sentimos.

Me despedí de ella sonriendo y convencida de lo siguiente: me maravilla el cansancio [de palabras] que te hace pensar en lo verdaderamente importante; me apasiona el presente.

sábado, 10 de octubre de 2009

Angustia benigna

Existe solamente un tipo de angustia que no me asusta. Hoy, esa angustia ha regresado a mí.

Se trata de una sensación que me mantiene despierta y dispara mis inseguridades; una sensación que me convierte en un ser aparentemente disperso y me lleva a dimensiones nuevas e inquietantes. Cuando llega, mi cabeza se mueve a ritmos que no puedo –ni intento– controlar, a velocidades que oscilan entre la rapidez inoperante y el menester de satisfacer mi ambición.

Esta angustia, como cualquier otra, me roba pedazos de tranquilidad. Este malestar, sin embargo, también me ayuda a entender aspectos humanos y conductas de la vida cotidiana –de mi vida no cotidiana– que ninguna otra me ha sabido aclarar. Me obliga a cuestionar mis aptitudes y a confrontar mis aspiraciones más grandes.

Se trata, por supuesto, de la necesidad de escribir.

martes, 22 de septiembre de 2009

Primeras palabras de Otoño.

Últimamente, algunos de mis textos se quedan a medias, la mayoría se queda en mi cabeza.

Aclaro que no es un bloqueo creativo aunque los síntomas parezcan ser los mismos. La verdad es que me sobran opiniones con respecto a los festejos para celebrar la independencia y sobre las atrocidades que suceden en los metros; lo que me falta es energía para desahogarlas. También conservo los ojos y las manos que quieren hablar sobre las bibliotecas vacías de madrugada, los poemas fallidos que escribí para despedir al verano, y sobre la manera en la que, bajo un cielo que cambiaba de verde a rojo, le di la bienvenida al otoño.

Parece que últimamente me resumo en papeles que no existen, en frases incompletas y en discursos que se contradicen. Tal vez por el cambio de estación y el comportamiento extraño del clima, es que me cuestiono si tan solo soy el conjunto de ideas que mi creatividad y disciplina no logran aterrizar.

Siento que estoy en el aire y no vuelo. El cuerpo me duele y no me siento más viva. Mis músculos se quejan y mi estómago, como siempre, ha resentido el futuro indeciso. Siento incluso que mi pluma me ha dejado de pertenecer…

…tengo miedo, pero no lo digo; estoy incierta, pero no lo comparto; quiero escribir, pero me siento observada por la escritura fallida de mis textos pretéritos.

Como aún no me puedo adueñar de un camino más preciso por ese cielo rojizo, he emprendido caminatas prolongadas que me han hecho partícipe de este cambio estacional. Como consecuencia de esas cavilaciones, ahora uso las palabras para dejar ir sin nostalgia la lucidez del verano y sentir nuevos colores con fuerzas verdaderas, no las que finjo, no las que cubren todo aquello que callo.

Ahora construyo mis vaivenes por escrito y ya es otoño; yo sigo en el aire y aún no vuelo, pero tal vez mañana que no sienta escalofríos sí lo haga. Tal vez cuando empiecen a caer las hojas de los árboles, la incertidumbre deje de atarme a la nada y entonces mis palabras -yo- fluyan de nuevo.

martes, 1 de septiembre de 2009

Despedida.

Es oficial: he terminado mi primera novela.

Me siento en el aire –no ajena–, sin algo que en este preciso instante me ate a mí misma. Tengo las manos vacías y el corazón bien lleno. No se trata propiamente de un agujero, a pesar de que así lo describa, sino de la despedida de un fragmento de mi pasado, de un proyecto en el que he puesto un esfuerzo razonable y mucho tiempo. El tiempo cuidadoso y paciente es lo más valioso que se puede depositar en un sueño.

Sé que llegará un futuro y mientras tanto intento –intento– disfrutar del tiempo muerto –presente– que me acompaña con un par de lágrimas en los ojos; las lágrimas de una despedida a la que sin saberlo, me estaba aferrando.

Es extraño cómo pensaba que no tendría la serenidad suficiente para dejar ir la escritura de un año, de una novela, o simplemente, las fuerzas para escribir ahora al respecto. Sin embargo, solamente cuando escribo sobre ello logro revivir y entender el por qué no puedo dejar mi pluma.

Tal vez aún pueda hacerle un par de cambios inmediatos: me sobra energía y no tengo dónde colocarla. Dejaré de aferrarme, ya está terminada.

De cualquier manera, aunque pudiera agregarle párrafos, ya no hay vuelta atrás; porque si la hubiera, no me sentiría con esta necesidad de no terminar nunca esta especie de despedida. Nunca he conseguido entender el fenómeno de las despedidas.

A pesar de que quisiera meterle cambios urgentes, ahora me he servido una copa de vino para ver un poco borroso y convencerme de que merezco festejar, relajarme.

Quiero descansar, pero no soy capaz de instalarme en la nada. El presente avanza a su debido tiempo, a ritmos precisos, a ritmos incomprensibles.

No obstante mi incertidumbre, mi espera, mis lágrimas y mi luto –¿murió o comenzó a existir?–, terminar mi novela se está convirtiendo en uno de los momentos prolongados más maravilloso que he vivido.

Celebro el temor que en este momento se ha apoderado de mí.

¿Cómo es posible sentir tanto? Me repito.

martes, 25 de agosto de 2009

26 años.

Me siento obligada, ante tanta felicidad, de escribir aquí hoy. El día aún no termina y ya han pasado cosas maravillosas: una confrontación conmigo misma que nada tiene que ver con la vejez prematura, la fortuna de compartir este martes con la gente que más quiero, y la suerte de poder extrañar a otros que a pesar de la distancia, están aquí conmigo.

Como no quiero escribir una entrada estúpidamente optimista, me limitaré a manifestar que el clima de hoy me parece genial, pues no necesito cargar un suéter ni tampoco esconderme del sol. Que las nuevas arrugas me hacen sentir afortunada, pues significa que llevo veinticinco años sonriendo y algunas horas de llanto que anuncian epifanías. Que los kilos que hace doce meses no tenía, no son más que el fruto de las ansias con las que vivo el presente. Que mi novela no encuentra título. Que el regalo que recibí para mi cumpleaños número veintiséis es demasiado bueno para traducirse en palabras. Que mi teléfono no ha parado de sonar y que lo he disfrutado enormemente.

En conclusión: que con el tiempo me hago más joven y que soy más feliz, que vivo en la realidad absoluta y que soy una optimista –no idealista– perdida.

jueves, 6 de agosto de 2009

Apuntes silenciosos, con música.

Hace tiempo que no escribo aquí, lo que siempre me pasa cuando abro este espacio. En ocasiones, escribir –públicamente–, resulta difícil cuando no es para decir algo en concreto –en apariencia–.

Estoy entre dos mundos, en lo mejor de ellos. Los reencuentros: el reencuentro con uno mismo, con las referencias pretéritas y con las nuevas amistades que ayudan a identificarse, a redescubrirse, a definirse.

Extraño el presente.

Es cierto lo que dicen: la vida da muchas vueltas y todo regresa; todo se va; uno avanza y luego regresa, pero nunca deja de estar; por suerte, yo no he dejado de estar.

Mi tierra me llamó en sueños y ahora estoy en ella, dentro de ella. La vivo y muero con ella: ¡qué gran sensación! Quiero bailar al ritmo de su música, la que nadie parece escuchar; quiero bailar, igual que cuando escribo en mi cabeza, sin música.

Cenas, comidas y lunas llenas. Amigos, copas de vino y risas que vuelan encima, se burlan de mí, me llaman; risas de las que no soy partícipe, risas nuevas. Nuevas sonrisas, nuevas arrugas. La escritura se cuela entre todas ellas y la tierra jala mis pies –no mis zapatos–. Ambas [la tierra y la escritura] me llaman para decirme que no hace falta reinventarme, que basta con redescubrirme, con recordar; basta ser, basta con volver.

Hace tiempo que no tengo miedo [de volver]; la palabra, como todo y como el tiempo, se matiza hasta difuminarse, desvanecerse. Sé que ella también volverá, no sé bajo qué forma ni cuándo lo haga, pero no me importa; ahora tengo mi memoria, mis ojos, mi música y mi escritura; tengo mi tierra, la que baila conmigo.