Cada vez que unos zapatos dejan de cumplir con su función, les tomo una fotografía y luego los tiro a la basura. Cuando llego a mi casa, coloco la imagen sobre mi escritorio y reconstruyo su historia; empiezo el ritual de la memoria.
Mediante un relato, recuerdo los pasos que recorrieron. Reconstruyo los viajes que hicieron, los museos que visitaron, las librerías a las que entraron, los parques que caminaron, los restaurantes en donde comieron; los otros zapatos de los que se enamoraron, los amigos que encontraron y aquellas ocasiones en que corrieron muertos de miedo.
Algunos me duran cuatro años y otros sólo un par de meses. Y sin que el tiempo guarde proporción con el sentimiento, cuando me despido de ellos, a veces me dan ganas de llorar y otras veces me siento indiferente, aunque todos sabemos que la indiferencia no es más que una forma de encubrir el fondo de la pérdida. No puedo negar, sin embargo, que la mayoría de las veces siento nostalgia, nada extraño ante la culminación de una etapa.
Despedirme de mis zapatos viejos con una foto que refleje sus costuras rotas y los agujeros producidos por el tiempo, es mi manera de disfrutar el pasado; terminar con un cuento, es la oportunidad de comprarme unos nuevos.
Resulta que hoy, por primera vez, le tomé una fotografía a unos zapatos ajenos. Ya he tirado los zapatos y ahora sólo me queda la foto a la que no sé qué relato corresponde; al no haber caminado conmigo, no conozco su historia.
He tratado de imaginar que agonizaron en el desierto, que volaron a un país lejano, que entraron al café de abajo en busca de un chocolate caliente, o que bailaron noches enteras hasta el amanecer. También he pensado que no vieron nada porque se quedaron durmiendo en el suelo de una habitación, o que estaban enamorados de unos tenis míos que estaban cerca mientras los tuve en mi casa.
Lo cierto es que la única historia que conozco de ellos, es la de cómo llegaron a mis manos y las condiciones en las que hoy desaparecieron. Es por eso que la primera página del relato en cuestión sigue en blanco y muchas ideas rondan mi cabeza. Pero dos nuevos pensamientos han emergido.
Tal vez por considerar que lo importante no sólo es aquello que hemos hecho, sino lo que estamos haciendo ahora, por primera vez, cuando pienso en zapatos, parece no inquietarme en dónde estuvieron, y en vez de eso, me pregunto en dónde estarán ahora.
Los zapatos, por último, eran de otro, y cada quien tiene sus propias historias y decide qué hacer con ellas. Yo prefiero caminar con los míos. Aunque ¿por qué negarlo?, ahora que tengo su imagen delante y sin saber qué pensar sobre ellos, confieso que también por eso escribo: para saber qué hacer con los zapatos ajenos.
viernes, 5 de febrero de 2010
domingo, 24 de enero de 2010
Una verdad.
Me debato entre poemas, me suele suceder. Elijo dos que aparentemente se contradicen y luego decido cuál de los dos define mejor mi sentir, o lo que es peor, cuál de los dos guiará mi actuar. El problema está, ciertamente, en que uno cree que busca respuestas en palabras ajenas. Eso cree, porque después de todo, uno no puede leer toda la poesía que se ha escrito y entonces sólo abre las páginas en aquellos versos que cree que le regalarán una verdad. Una verdad, sólo una.
Tengo tanto sentimiento...
Tengo tanto sentimiento
que es frecuente persuadirme
de que soy sentimental,
mas reconozco, al medirme,
que todo esto es pensamiento
que yo no sentí al final.
Tenemos, quienes vivimos,
una vida que es vivida
y otra vida que es pensada,
y la única en que existimos
es la que está dividida
entre la cierta y la errada.
Mas a cuál de verdadera
o errada el nombre conviene
nadie lo sabrá explicar;
y vivimos de manera
que la vida que uno tiene
es la que él se ha de pensar.
Fernando Pessoa, Versión de Ángel Crespo
Ahora entiendo que el mejor interlocutor es ese extraño, pero honesto momento en el que uno decide entre qué poemas quiere debatirse.
Tengo tanto sentimiento...
Tengo tanto sentimiento
que es frecuente persuadirme
de que soy sentimental,
mas reconozco, al medirme,
que todo esto es pensamiento
que yo no sentí al final.
Tenemos, quienes vivimos,
una vida que es vivida
y otra vida que es pensada,
y la única en que existimos
es la que está dividida
entre la cierta y la errada.
Mas a cuál de verdadera
o errada el nombre conviene
nadie lo sabrá explicar;
y vivimos de manera
que la vida que uno tiene
es la que él se ha de pensar.
Fernando Pessoa, Versión de Ángel Crespo
Ahora entiendo que el mejor interlocutor es ese extraño, pero honesto momento en el que uno decide entre qué poemas quiere debatirse.
Etiquetas:
Poesía
jueves, 31 de diciembre de 2009
Resolución sin fecha
Este es el último post del año que escribo, no porque éste termine, sino porque tengo ganas de escribir. Así debería de funcionar la vida: actuar desde el sentir, sin justificaciones, análisis excesivos y sin esperar la expiración de un calendario. Necesitamos nuestra propia continuidad para la renovación constante.
Resulta que estamos tan sujetos a la caducidad de las cosas, que olvidamos lo que necesitamos para ser felices en este momento. Las uvas no son fruta de temporada y los calzones rojos se venden todo el año. Está bien planear, pero sólo si es para resolver los contratiempos, mejorar la mediocridad o divertirse; no para dejar de vivir.
¿Para qué detenerse haciendo balances de un año que termina sin nuestra intervención? La vida es una eterna búsqueda de un equilibrio imperfecto. Al mal tiempo, buena cara, a lo positivo, una sonrisa. Cada cosa en su sitio, los pies en el suelo y la mirada siempre con perspectiva. Lo bueno acompaña y lo malo enseña; la tristeza cura y la risa contagia.
Los propósitos para mañana y elucubraciones del ayer y hoy, no sirven más que para postergar la vida. El recuento sí funciona, pero sólo si es para no ceder ante el olvido y construir el presente.
Resulta que estamos tan sujetos a la caducidad de las cosas, que olvidamos lo que necesitamos para ser felices en este momento. Las uvas no son fruta de temporada y los calzones rojos se venden todo el año. Está bien planear, pero sólo si es para resolver los contratiempos, mejorar la mediocridad o divertirse; no para dejar de vivir.
¿Para qué detenerse haciendo balances de un año que termina sin nuestra intervención? La vida es una eterna búsqueda de un equilibrio imperfecto. Al mal tiempo, buena cara, a lo positivo, una sonrisa. Cada cosa en su sitio, los pies en el suelo y la mirada siempre con perspectiva. Lo bueno acompaña y lo malo enseña; la tristeza cura y la risa contagia.
Los propósitos para mañana y elucubraciones del ayer y hoy, no sirven más que para postergar la vida. El recuento sí funciona, pero sólo si es para no ceder ante el olvido y construir el presente.
martes, 8 de diciembre de 2009
El rescate de lo inservible.
Hoy, la computadora de mi amiga no encendió. Como todos los días, presionó el botón y esperó, pero hoy, ninguna luz se iluminó. Cruzó los dedos y volvió a intentarlo, pero la pantalla seguía en negro. Cruzó los dedos de las dos manos y cerró los ojos: nada. Cruzó los dedos con más fuerza, cerró los ojos con mayor ímpetu y pidió en voz alta que por favor funcionara, pero una vez más, nada.
El optimismo y la confianza en lo incierto nunca deben perderse.
Respiró hondo y sin ceder a la desesperación, la llevó a una tienda donde arreglan aparatos. La dejó allí sin garantía alguna y mientras la revisaban, se fue a tomar un café. Intentó ocupar la mente en algo más, pero la posibilidad de perder aquel aparato y lo que éste almacenaba, no le permitían contener la ansiedad. Había pasado cuatro años con aquella máquina y ésta guardaba todos sus secretos, parte de su pasado, imágenes importantes, e incluso, varios de sus sueños. Ahora parecía que todo eso se esfumaría sin previo aviso.
¿Se puede reconstruir un pasado? No sin el ya existente.
Dos horas más tarde, el encargado le llamó para pedirle que fuera. El diagnóstico no era positivo: la computadora había muerto y no había nada que hacer para salvarla.
¿Cómo lidiar con una despedida no anunciada? ¿Cuántas veces no damos por sentado lo que nos rodea?
La buena noticia era que si conseguía algún disco externo donde almacenarla, podría rescatar y trasladar la memoria. Pensó entonces en toda su información y la asaltó el temor de recorrer las fotografías de los últimos cuatro años (¿no era por eso que permanecían almacenadas?); luego, la nostalgia de que tanto significado no cupiera más que en cajas frías.
Claro que el luto no viene por perder un aparato; todos sabemos que lo material no importa, o por lo menos pocos se atreven a confesar lo contrario, pero la idea de perder el pasado y presente que ahora sólo en esos aparatos depositamos, sugiere un grande vacío.
¿Será que ya sólo somos capaces de intimar con lo material?
Dejó la computadora en aquella tienda y emprendió la búsqueda de un disco externo. Resulta, sin embargo, que la memoria era demasiado grande y difícilmente podría encontrar uno que le sirviera. Pensó entonces en la posibilidad de desechar ciertas cosas, de borrar algunos recuerdos: las malas vivencias; aquellas decisiones que por tomar o dejar pasar, generan culpa o remordimiento; las canciones que reviven los malos ratos; aquellos pensamientos que no se sabe cómo expulsar; aquellas cartas inconclusas que ya no podrán ser enviadas. Resulta que no supo elegir, porque eliminar lo aparentemente malo no es cosa fácil. Resulta que no siempre se puede, porque lo malo puede convertirse fácilmente en un motor para seguir caminando. Ante tal disyuntiva, pensó que el miedo, la culpa y el dolor también construyen risas y sueños; la existencia, el futuro.
La cuestión es que a veces necesitamos que las cosas viejas se rompan, y aunque no fue su caso, a veces necesitamos romperlas nosotros.
Mi amiga no ha resuelto el problema, pero ya ha dejado de preocuparle. La angustia y tristeza se han transformado en alivio y serenidad: la computadora vieja sigue sin encender, pero ya no amenazará con volverse inservible. La memoria, aunque de momento no pueda ser trasladada, no ha desaparecido.
Se me ocurre que si cruzamos los dedos con un cierto optimismo y mucha confianza, la memoria, bien utilizada, puede llegar a sostenernos.
El optimismo y la confianza en lo incierto nunca deben perderse.
Respiró hondo y sin ceder a la desesperación, la llevó a una tienda donde arreglan aparatos. La dejó allí sin garantía alguna y mientras la revisaban, se fue a tomar un café. Intentó ocupar la mente en algo más, pero la posibilidad de perder aquel aparato y lo que éste almacenaba, no le permitían contener la ansiedad. Había pasado cuatro años con aquella máquina y ésta guardaba todos sus secretos, parte de su pasado, imágenes importantes, e incluso, varios de sus sueños. Ahora parecía que todo eso se esfumaría sin previo aviso.
¿Se puede reconstruir un pasado? No sin el ya existente.
Dos horas más tarde, el encargado le llamó para pedirle que fuera. El diagnóstico no era positivo: la computadora había muerto y no había nada que hacer para salvarla.
¿Cómo lidiar con una despedida no anunciada? ¿Cuántas veces no damos por sentado lo que nos rodea?
La buena noticia era que si conseguía algún disco externo donde almacenarla, podría rescatar y trasladar la memoria. Pensó entonces en toda su información y la asaltó el temor de recorrer las fotografías de los últimos cuatro años (¿no era por eso que permanecían almacenadas?); luego, la nostalgia de que tanto significado no cupiera más que en cajas frías.
Claro que el luto no viene por perder un aparato; todos sabemos que lo material no importa, o por lo menos pocos se atreven a confesar lo contrario, pero la idea de perder el pasado y presente que ahora sólo en esos aparatos depositamos, sugiere un grande vacío.
¿Será que ya sólo somos capaces de intimar con lo material?
Dejó la computadora en aquella tienda y emprendió la búsqueda de un disco externo. Resulta, sin embargo, que la memoria era demasiado grande y difícilmente podría encontrar uno que le sirviera. Pensó entonces en la posibilidad de desechar ciertas cosas, de borrar algunos recuerdos: las malas vivencias; aquellas decisiones que por tomar o dejar pasar, generan culpa o remordimiento; las canciones que reviven los malos ratos; aquellos pensamientos que no se sabe cómo expulsar; aquellas cartas inconclusas que ya no podrán ser enviadas. Resulta que no supo elegir, porque eliminar lo aparentemente malo no es cosa fácil. Resulta que no siempre se puede, porque lo malo puede convertirse fácilmente en un motor para seguir caminando. Ante tal disyuntiva, pensó que el miedo, la culpa y el dolor también construyen risas y sueños; la existencia, el futuro.
La cuestión es que a veces necesitamos que las cosas viejas se rompan, y aunque no fue su caso, a veces necesitamos romperlas nosotros.
Mi amiga no ha resuelto el problema, pero ya ha dejado de preocuparle. La angustia y tristeza se han transformado en alivio y serenidad: la computadora vieja sigue sin encender, pero ya no amenazará con volverse inservible. La memoria, aunque de momento no pueda ser trasladada, no ha desaparecido.
Se me ocurre que si cruzamos los dedos con un cierto optimismo y mucha confianza, la memoria, bien utilizada, puede llegar a sostenernos.
jueves, 26 de noviembre de 2009
Pronto
Hoy pensaba en lo frustrante que resulta, para uno mismo, dejar las cosas en intenciones. Este pensamiento se alargó y medité en cómo solemos dividir el tiempo en grandes bloques a la hora de tomar decisiones: por estaciones, por periodos vacacionales, por celebraciones, por momentos que prometen ser claves; como si todo lo que sucediera en el inter fuera un tiempo muerto.
La vida es divertida y encaja hasta en los más nimios detalles.
Una amiga me acaba de contar una historia que no sólo me ha hecho reír, pero que ha iluminado mis cavilaciones. Resulta que ha salido muchas veces con un chico. Han ido al cine, a comer, a cenar, a pasear; conocen sus respectivas casas y en una ocasión, ella incluso conoció a los padres de él en una boda a la que fueron juntos. A él parece gustarle mi amiga aunque no le ha manifestado si sólo quiere ser su amigo o si está interesado en algo más. Por lo menos sabemos que disfruta de su compañía pues le llama, le propone planes, le manda mensajes sugerentes, la abraza y la toma de la mano. Pero eso sí, nunca le ha dado un beso.
Esto ha provocado que durante todo este tiempo tanto ella como sus amigas (incluyéndome) formulen divertidas historias sobre por qué el chico en cuestión no se acerca más y le da un beso.
Resulta que la última vez que salieron, ella, un tanto descolocada por la extraña situación, decidió que le haría ver que estaba interesada (por si acaso él dudaba y bajo esa duda, no se animaba). Fueron a casa de él, se sentaron en el sillón y hablaron durante horas. Ella le coqueteaba y probablemente pensaba que era tan solo cuestión de segundos para que llegara tan esperado momento. Pero el beso nunca llegó.
Al terminar lo que pareció ser una velada romántica, él la llevó a su casa y se despidió, como siempre, con un abrazo. Minutos después le mandó el siguiente mensaje: “Que descanses. Te mando besos de buenas noches”. Ella, auténtica como suele ser, contestó: “Sí, me debes uno de esos”.
La historia no termina allí, porque a ese mensaje, él contestó otro: “Pronto”.
¿Pronto? ¿Cómo que pronto? ¿Cuándo es pronto? ¿Pronto?
Las teorías sobre el chico no han cesado y han surgido nuevas; y ahora, por tan sólo un “pronto”, han comenzado también los estúpidos, pero a veces inevitables, análisis sobre quién tiene el poder dentro de la relación.
Claro que de momento el beso no es lo más importante, pero si todo lo demás funciona –cosa no fácil entre dos personas–, ¿por qué no celebrarlo con uno?
Decir “pronto” es dejar las cosas en intenciones. Es lo equivalente a decir “cuando llegue el verano”, “cuando empiece el frío”, “cuando tenga menos trabajo” o “cuando tenga más tiempo”.
Pero yo me pregunto, ¿y si para el verano mi amiga ya se enamoró de otro? o ¿si el calentamiento global ya no nos permite distinguir entre primavera e invierno?
El tiempo se vive, los momentos se construyen y los besos se dan.
La vida es divertida y encaja hasta en los más nimios detalles.
Una amiga me acaba de contar una historia que no sólo me ha hecho reír, pero que ha iluminado mis cavilaciones. Resulta que ha salido muchas veces con un chico. Han ido al cine, a comer, a cenar, a pasear; conocen sus respectivas casas y en una ocasión, ella incluso conoció a los padres de él en una boda a la que fueron juntos. A él parece gustarle mi amiga aunque no le ha manifestado si sólo quiere ser su amigo o si está interesado en algo más. Por lo menos sabemos que disfruta de su compañía pues le llama, le propone planes, le manda mensajes sugerentes, la abraza y la toma de la mano. Pero eso sí, nunca le ha dado un beso.
Esto ha provocado que durante todo este tiempo tanto ella como sus amigas (incluyéndome) formulen divertidas historias sobre por qué el chico en cuestión no se acerca más y le da un beso.
Resulta que la última vez que salieron, ella, un tanto descolocada por la extraña situación, decidió que le haría ver que estaba interesada (por si acaso él dudaba y bajo esa duda, no se animaba). Fueron a casa de él, se sentaron en el sillón y hablaron durante horas. Ella le coqueteaba y probablemente pensaba que era tan solo cuestión de segundos para que llegara tan esperado momento. Pero el beso nunca llegó.
Al terminar lo que pareció ser una velada romántica, él la llevó a su casa y se despidió, como siempre, con un abrazo. Minutos después le mandó el siguiente mensaje: “Que descanses. Te mando besos de buenas noches”. Ella, auténtica como suele ser, contestó: “Sí, me debes uno de esos”.
La historia no termina allí, porque a ese mensaje, él contestó otro: “Pronto”.
¿Pronto? ¿Cómo que pronto? ¿Cuándo es pronto? ¿Pronto?
Las teorías sobre el chico no han cesado y han surgido nuevas; y ahora, por tan sólo un “pronto”, han comenzado también los estúpidos, pero a veces inevitables, análisis sobre quién tiene el poder dentro de la relación.
Claro que de momento el beso no es lo más importante, pero si todo lo demás funciona –cosa no fácil entre dos personas–, ¿por qué no celebrarlo con uno?
Decir “pronto” es dejar las cosas en intenciones. Es lo equivalente a decir “cuando llegue el verano”, “cuando empiece el frío”, “cuando tenga menos trabajo” o “cuando tenga más tiempo”.
Pero yo me pregunto, ¿y si para el verano mi amiga ya se enamoró de otro? o ¿si el calentamiento global ya no nos permite distinguir entre primavera e invierno?
El tiempo se vive, los momentos se construyen y los besos se dan.
miércoles, 18 de noviembre de 2009
Realidad(es) entre comillas.
¿Cuántas realidades hay por minuto?
¿Cuántas variaciones hay en un minuto de realidad mía?
Llevo un par de semanas cuestionándome cuál será mi realidad. No es malo, sino tan sólo extraño y definitivamente cansado. A veces cuesta mantenerse al margen de los propios pensamientos. Cuando uno alterna espacios tan rápido y habla con gente con intereses distintos, termina por no ver con claridad su propio origen; éste se hace cada vez más difuso, casi irreconocible.
El presente impera.
En ocasiones, sin embargo, el piso no tiene el grado de solidez que nos gustaría, parece incluso estar hecho de concreto inverosímil. Es entonces cuando buscamos regresar a ese punto de partida que ya no recordamos o correr para alcanzar alguno que aún no conocemos.
Sucede que alternar escenarios no es cosa fácil; este hecho, muchas veces cotidiano, que parece innecesario de considerar, nos obliga a cambiar de registro constantemente y la mente descansa poco.
Uno se sobresatura.
A veces temo pisar suelos tan extraños que no me permitan saber cuáles son las realidades que de verdad quiero habitar (si de algo estoy segura es que son más de una). A ratos, quizás por falta de horas, de sueño o de un cierto valor, temo perder mi propio registro; temo más reconocerlo y no saber –querer– cómo rescatarlo.
Lo extraño es que, aunque no lo sepamos, sólo en esos instantes de cambio podemos recuperar nuestro propio aire.
Todas las realidades confluyen…
…es por eso que en días como hoy todo se ve tan claro; porque sólo desde el no pensamiento puedo desvariar en este espacio no real y vivir la –mi– realidad: Nuria.
¿Cuántas variaciones hay en un minuto de realidad mía?
Llevo un par de semanas cuestionándome cuál será mi realidad. No es malo, sino tan sólo extraño y definitivamente cansado. A veces cuesta mantenerse al margen de los propios pensamientos. Cuando uno alterna espacios tan rápido y habla con gente con intereses distintos, termina por no ver con claridad su propio origen; éste se hace cada vez más difuso, casi irreconocible.
El presente impera.
En ocasiones, sin embargo, el piso no tiene el grado de solidez que nos gustaría, parece incluso estar hecho de concreto inverosímil. Es entonces cuando buscamos regresar a ese punto de partida que ya no recordamos o correr para alcanzar alguno que aún no conocemos.
Sucede que alternar escenarios no es cosa fácil; este hecho, muchas veces cotidiano, que parece innecesario de considerar, nos obliga a cambiar de registro constantemente y la mente descansa poco.
Uno se sobresatura.
A veces temo pisar suelos tan extraños que no me permitan saber cuáles son las realidades que de verdad quiero habitar (si de algo estoy segura es que son más de una). A ratos, quizás por falta de horas, de sueño o de un cierto valor, temo perder mi propio registro; temo más reconocerlo y no saber –querer– cómo rescatarlo.
Lo extraño es que, aunque no lo sepamos, sólo en esos instantes de cambio podemos recuperar nuestro propio aire.
Todas las realidades confluyen…
…es por eso que en días como hoy todo se ve tan claro; porque sólo desde el no pensamiento puedo desvariar en este espacio no real y vivir la –mi– realidad: Nuria.
jueves, 5 de noviembre de 2009
Título sin palabras.
¿Por qué negarlo? La ausencia de palabras (incluyendo la de las mías) me asusta, igual que me asusta el exceso, supongo. Lo difícil, como siempre y como en todo, es encontrar el equilibrio entre lo que uno dice y no dice. Pero esta entrada, por suerte y porque nunca terminaría, no está dirigida a lo que yo digo o callo (sin mencionar los gritos que hay en mi cabeza y de los cuales ahora huyo riendo).
Ayer vi a una amiga que llevaba meses sin ver. Una amiga de pocas palabras con la que conviví mucho tiempo, pero que en realidad conozco poco. Siempre fue enfática en que no le gustaba hablar de su vida personal, pero parecía estar constantemente preocupada por algo irremediable.
Mientras caminaba al lugar de encuentro, sin mayores expectativas que las de pasar un rato agradable, empecé a contemplar al tiempo. Caminaba casi por inercia porque cargaba mucho sueño –y sueños– acumulado. De pronto me di cuenta de que estaba aturdida por el ruido de las hojas secas que truenan cuando uno las pisa (cosa que siempre me ha sucedido) y recordé que era otoño y que el invierno estaba realmente cerca. Hace muy poco era verano, pero desde entonces algo ha cambiado: un cierto aire de incertidumbre por un lado y algo de seguridad por el otro.
Desde que vi a mi amiga a lo lejos sentí una familiaridad increíble que me sugirió que la conocía mucho más de lo que yo pensaba; porque hablar o no del pasado nada tiene que ver con la manera en la que sentimos el presente.
Hablamos sobre el presente en el que esperamos que se resuelva el futuro incierto, que curiosamente ya no –por fin– nos angustia en demasía. Después de un largo café en el centro de la ciudad y con un viento que hacía que nuestros suéteres volaran, le dije que me daba mucho gusto verla, pero sobre todo, que me daba gusto verla tan bien. Aunque no sé si lo logré, quise decírselo con un tono que reflejara que mi comentario era honesto (esta vez se veía poco preocupada a pesar de tener más motivos para estarlo). Ella, con una sonrisa que hace tiempo no veía en alguien, me dijo: “¿De verdad? ¿Sabes qué pasa, Nuria? Es que tengo muchas ganas de vivir”.
Tal vez no se trate de pensar en aquello que decimos, pero sí en aquello que sentimos.
Me despedí de ella sonriendo y convencida de lo siguiente: me maravilla el cansancio [de palabras] que te hace pensar en lo verdaderamente importante; me apasiona el presente.
Ayer vi a una amiga que llevaba meses sin ver. Una amiga de pocas palabras con la que conviví mucho tiempo, pero que en realidad conozco poco. Siempre fue enfática en que no le gustaba hablar de su vida personal, pero parecía estar constantemente preocupada por algo irremediable.
Mientras caminaba al lugar de encuentro, sin mayores expectativas que las de pasar un rato agradable, empecé a contemplar al tiempo. Caminaba casi por inercia porque cargaba mucho sueño –y sueños– acumulado. De pronto me di cuenta de que estaba aturdida por el ruido de las hojas secas que truenan cuando uno las pisa (cosa que siempre me ha sucedido) y recordé que era otoño y que el invierno estaba realmente cerca. Hace muy poco era verano, pero desde entonces algo ha cambiado: un cierto aire de incertidumbre por un lado y algo de seguridad por el otro.
Desde que vi a mi amiga a lo lejos sentí una familiaridad increíble que me sugirió que la conocía mucho más de lo que yo pensaba; porque hablar o no del pasado nada tiene que ver con la manera en la que sentimos el presente.
Hablamos sobre el presente en el que esperamos que se resuelva el futuro incierto, que curiosamente ya no –por fin– nos angustia en demasía. Después de un largo café en el centro de la ciudad y con un viento que hacía que nuestros suéteres volaran, le dije que me daba mucho gusto verla, pero sobre todo, que me daba gusto verla tan bien. Aunque no sé si lo logré, quise decírselo con un tono que reflejara que mi comentario era honesto (esta vez se veía poco preocupada a pesar de tener más motivos para estarlo). Ella, con una sonrisa que hace tiempo no veía en alguien, me dijo: “¿De verdad? ¿Sabes qué pasa, Nuria? Es que tengo muchas ganas de vivir”.
Tal vez no se trate de pensar en aquello que decimos, pero sí en aquello que sentimos.
Me despedí de ella sonriendo y convencida de lo siguiente: me maravilla el cansancio [de palabras] que te hace pensar en lo verdaderamente importante; me apasiona el presente.
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